A muchas profesionales que viven fuera de su país natal les ocurre algo desconcertante: pese a los años de experiencia, los logros acumulados y el reconocimiento externo, aparece la duda sobre si realmente están a la altura o merecen el lugar que ocupan. Esta sensación no suele desaparecer con el tiempo ni con más preparación; a menudo, se intensifica precisamente cuando aumenta la responsabilidad.
A este fenómeno lo conocemos como el síndrome de la impostora, y es una forma específica de interpretar nuestra propia experiencia profesional, en la que tendemos a relativizar los éxitos y a sobredimensionar los errores.
Puede aparecer por muchas razones, pero en esta ocasión quiero detenerme en algunas vinculadas a trabajar fuera del propio país. Entender estas causas permite dejar de combatir la duda de manera genérica y empezar a intervenir justo donde se genera.
Falta de representación y referencias cercanas
Aunque existan muchas profesionales internacionales ocupando puestos relevantes en Reino Unido, no siempre resulta fácil contar con referentes cercanos que hayan recorrido un camino similar al tuyo y con los que contrastar decisiones o formas de ejercer tu rol. Cuando esa referencia no está clara o no es accesible en el día a día, puede aparecer una sensación difusa de estar ocupando un espacio que aún no sientes del todo propio.
En estos casos, suele ayudar apoyarse en personas que ya han transitado trayectorias parecidas. Contar con mentores o figuras de referencia permite normalizar lo que te sucede, ganar perspectiva y desmontar, desde fuera, esa sensación de fraude que a veces se instala sin una causa concreta.
Además, muchas profesionales descubren que la duda pierde fuerza cuando forman parte de redes o grupos de afinidad, que no solo ofrecen acompañamiento, sino también un espacio donde contrastar experiencias y construir una seguridad que resulta más difícil de generar en solitario.
El esfuerzo de integrar dos culturas
Trabajar en Reino Unido implica moverse con soltura en códigos, estilos de comunicación y formas de relación que ya forman parte de tu día a día, pero que requieren un ajuste continuo respecto a tu manera más espontánea de expresarte profesionalmente. Este esfuerzo sostenido consume energía mental y, con el tiempo, puede dar lugar a una duda discreta sobre si lo que aportas está a la altura de lo que el entorno exige.
Pero la cuestión no se limita al esfuerzo de adaptación. Con el tiempo, empieza a aparecer otra pregunta: cómo integrar ambas formas de estar en el mundo profesional sin sentir que compiten entre sí.
En lugar de intentar encajar cada vez mejor, el foco puede desplazarse hacia cómo integrar lo aprendido aquí con la identidad profesional que ya traías contigo. Muchas profesionales que consiguen salir de este bucle dejan de buscar la asimilación total y empiezan a construir una identidad transnacional, en la que el origen y el contexto británico no compiten, sino que se complementan. Cuando esa integración se produce, la diferencia deja de vivirse como una carencia y empieza a operar como un valor añadido real.
Por ejemplo, una profesional puede empezar a usar a su favor el carácter abierto propio de su cultura y su capacidad para generar cercanía y confianza. En un entorno más formal, esa apertura bien medida se convierte en un valor que mejora la colaboración y refuerza su aportación al equipo.
Lengua, comunicación y tu interpretación de los hechos
Aunque hables bien inglés, hay situaciones en las que el acento, la forma de expresarte o el tiempo que necesitas para responder pueden hacerte dudar. No siempre es fácil saber cómo están siendo recibidas tus intervenciones. A esto se suma la diferencia en la forma de dar feedback en Reino Unido: la valoración positiva suele ser más indirecta, escasa o implícita, y cuando algo puede mejorarse, no siempre se expresa de forma abierta, sino a través de matices que no siempre resultan fáciles de captar si no compartes el mismo contexto cultural.
Cuando no tienes claro cómo se está percibiendo tu trabajo o qué se espera de ti en ese momento, la mente tiende a sacar conclusiones negativas, casi siempre en tu contra. ¿Por qué ocurre esto? Porque intenta anticiparse a una posible amenaza social: quedar expuesta, ser malinterpretada o perder credibilidad en un entorno que no es el de origen. Cuando faltan referencias claras, el cerebro rellena los vacíos con explicaciones que buscan reducir la incertidumbre, aunque no siempre reflejen lo que realmente está ocurriendo.
En estos momentos suele ayudar cambiar el enfoque. En lugar de guiarse únicamente por cómo se sienten, muchas profesionales empiezan a mirar o registrar datos más concretos: resultados que han conseguido, comentarios que han recibido o proyectos que han salido adelante. Contrastar todo esto con la historia negativa que aparece en la mente permite ajustar mejor la percepción. Se trata de comprobar si esa duda tiene realmente fundamento. Puede parecer obvio, pero el ritmo de trabajo que llevamos muchas veces evita que nos paremos un momento a tomar perspectiva, y sin embargo hacerlo con cierta frecuencia puede marcar la diferencia.
También puedes buscar activamente feedback en tu entorno laboral, ya sea de tu responsable directo o compañeros, sabiendo que en el contexto británico este gesto suele valorarse como una actitud de aprendizaje y compromiso con la mejora. Una reunión breve o una conversación informal 1:1 puede darte información mucho más valiosa de lo que piensas.
Exigirte de más para demostrar fiabilidad
Muchas profesionales elevan su nivel de exigencia porque sienten que, fuera de su país, deben ganarse más la confianza. A esto se suma la percepción de que en ocasiones las organizaciones se sienten más seguras invirtiendo en perfiles cuya permanencia en Reino Unido parece más previsible, lo que refuerza la sensación de que la fiabilidad debe demostrarse de forma más explícita.
Este contexto favorece niveles muy altos de autoexigencia y una tendencia a reducir al mínimo el margen de error antes de exponerse, como forma de asegurar compromiso y solidez profesional. Con el tiempo, este sobreesfuerzo constante no aporta mayor tranquilidad, sino que incrementa el riesgo de agotamiento.
Salir de esta dinámica implica revisar cómo se está midiendo el propio valor. Resulta útil apoyarte en señales externas de confianza: los proyectos que te asignan, las responsabilidades que te delegan o las decisiones en las que se te incluye.
A partir de ahí, conviene ajustar el nivel de preparación a lo que el rol y el contexto realmente requieren, y distinguir cuándo el exceso responde más a una presión que nos imponemos que a una demanda externa concreta. Además, aceptar que no todo puede estar bajo control y que el aprendizaje forma parte del desempeño ayuda a desmontar la idea de que la fiabilidad solo se demuestra desde la perfección.
Una propuesta
Cuando el síndrome de la impostora aparece tras años en Reino Unido, la solución no está en exigirte más ni sobrecargarte. Lo que sí te propongo es que observes en qué momentos surge esta sensación, qué estabas haciendo cuando apareció y qué fue lo que la provocó, para poder responder y actuar directamente sobre la causa que la originó.
